viernes, 19 de enero de 2018

EL MISRERIO DEL SARI ROJO



         Había salido de su ciudad natal Sevilla, con la finalidad de terminar sus estudios de arte en la capital de Italia. Natalia, confiaba plenamente que en esa ciudad tan monumental y desde allí en las que en ese país se encuentran, podría obtener unas calificaciones suficientes para que su final de carrera y su tesis le diesen acceso a un magnifico puesto de trabajo, pues hasta ese momento había logrado terminar todos los cursos con unas calificaciones excelentes.
          Llegó a Roma como primer destino y se alojó en el modesto hotel que desde su ciudad había reservado. Procedía de una familia de clase media, pero no podía permitirse estar en un gran hotel hasta el final de sus estudios. Sus hermanos también estaban estudiando y aunque ella había ido ahorrando algún dinero de lo que había ganado los fines de semana sirviendo copas en una discoteca de su ciudad, sus padres tendrían que ayudarle una vez terminados sus ahorros pues Roma era una ciudad cara y lo suyo no daría para mucho tiempo.
          Comenzó rápidamente sus clases y aprovechaba el tiempo todo lo que podía, sabía que no podía perder tiempo. Chica alegre y simpática, enseguida hizo amigos y aunque estudiaba con gran entusiasmo, no se negaba a la diversión pues como ella decía, la vida hay que aprovecharla sobre todo cuando se es joven pues los años pasan y luego no se sabe lo que se podrá hacer.
          Su pandilla se formaba por varios miembros de chicos y chicas, todos estudiantes. Unos estudiaban lo mismo que ella arte. Entre ellos Anand, era un muchacho de su misma edad, moreno, con la dentadura más blanca que ella jamás había visto, alto, muy bien parecido, simpático y desde el primer momento hicieron una buena amistad. Todo el mundo se daba cuenta de las buenas migas que habían hecho.
          Un buen día Anand se las arregló para que saliesen los dos solos, quedaron en una cafetería distinta a la que quedaban siempre y cuando se encontraron, él le tendió un paquete, una ofrenda que le dijo era una costumbre que en su país tenían de hacerle a la chica con que salía por primera vez. Natalia comenzó a reírse, no se tomó en serio que le quisiera hacer un obsequio como primera vez que salía con ella ¿Qué quería decir con aquello? Abrió con serenidad el paquete el cual estaba envuelto con gran delicadeza y, cual fue su sorpresa cuando dentro había nada más y nada menos que un Sari de color Rojo. Ella lo miraba extrañada al tiempo que también lo miraba a él, estaba atónita, no sabía que quería decir ese detalle.
          Cuando Anand comprendió lo envarada que ella estaba, le explicó la costumbre que existía en su país de hacer aquel regalo a la chica que él había elegido para ser su prometida. Su país, India, era un país de muchas tradiciones y él esperaba ser correspondido a sus sentimientos y aceptase como primer regalo ese sari que había pedido a su madre que le enviase. Atónita lo aceptó y también acepto a ser su novia, pero lo de ser su prometida con idea de llegar al matrimonio cuando terminasen la carrera era demasiado correr y así se lo hizo saber. Él no le dio importancia, diciéndole que el tiempo sería el consejero de lo que debían hacer, pero que el estaba convencido de que sería la madre de sus hijos.
          Pasaba el tiempo, corrían de ciudad en ciudad afianzando sus estudios. Un día en la Galería de la Academia, justo delante del David de Miguel Ángel al que estaban admirando con pasión, Anand la tomó por la cintura y dándole un apasionado beso le dijo que era tan bella como aquella estatua y que ya jamás podría separase de ella. Fue entonces cuando ella le correspondió y le dijo que a ella le sucedía lo mismo, comprendía que era el amor de su vida. Le confesó que por las noches se colocaba el sari que le había regalado y se sentía como una diosa envuelta en él.
          Anand entonces fue cuando se decidió a confesarle la procedencia del sari y de que familia provenía él. Su familia procedía de la estirpe de la casa de Borbón en la India, concretamente de Juan Felipe de Borbón, cuyo padre fue Carlos III de Borbón el cual no pudo reconocerle por su pronto fallecimiento. Fue criado en Italia y después de muchos avatares en su corta vida, fue llevado a Egipto y vendido como esclavo. Con el tiempo consiguió escapar y embarcar hacia la India. Desembarcó con un sacerdote y dos amigos en Madrás y desde allí se trasladó a Delhi a la corte del emperador Akbar. Este al enterarse de que Juan Felipe de borbón era hijo del condestable Borbón lo nombró maestro de Artillería y le concedió en matrimonio a una esclava georgiana. También lo nombró rajá de Shergan, desde ese momento, la familia de Juan Felipe estuvo ocupando altos cargos de la administración y fueron gobernadores del principado de Shergan.
          Su padre era un descendiente de la casa de Borbón en la India y el Sari que le había regalado, había pertenecido a su abuela paterna por lo que tenía un extraordinario valor sentimental para su familia además de que todas las mujeres que lo habían utilizado habían gozado de una salud extraordinaria, así como de poderes incalculables.
          Una vez que terminasen la carera ese mismo año, deberían trasladarse a la India para que su familia la conociese y comenzar con los preparativos de una boda principesca. Cuando recibió como regalo el Sari Rojo, nunca imaginó el destino que la esperaba.

                                                   PILAR MORENO 20 enero 2018


                    

LA ESCUELA DE DOÑA REMEDIOS



          Doña Remedios era la maestra de escuela de aquel precioso pueblo. Era un pueblo pequeño por lo que solamente había una escuela y una maestra la cual impartía sus clases a todos los niños del lugar. Los tenía separados en grupos los pupitres según las edades que estos contasen. No por ello aprendían menos que en otros colegios. Era una buna maestra y con muchos años de experiencia y sabía perfectamente cuales eran las asignaturas y necesidades de cada grupo. Además, si había algún muchacho o muchacha que no fuese capaz de seguir el ritmo de la clase, le dedicaba fuera de horas el tiempo pertinente para que no se quedase más atrasado que los demás del grupo.
          Todo el mundo la quería, como era un pueblo muy pobre, pagarle más de lo que el ayuntamiento tenía establecido no era posible y realmente era un salario mísero. Lo único que hacían era según sus posibilidades, llevarle unos huevos, un pan, unas verduras de sus huertos, patatas. La mujer tampoco gastaba en exceso ya que era ella sola, soltera y según les decía a las madres de sus alumnos no había conocido varón.
          Maruja o Marujita como todos la llamaban, era de las alumnas mayores y también muy espabilada. Un día su madre le envió a casa de la maestra a llevarle unos tomates recién recogidos del huerto, esta se dirigió a casa de doña Remedios con rapidez pues quería ir con sus amigas a jugar al rio. Cuando llegó tocó a la puerta y sin esperar contestación se coló pasillo adelante y al llegar a la cocina, encontró a Doña Remedios, sentada sobre las rodillas de un hombre. Un gran susto se llevaron y cuando volvieron la cabeza para ver quien les había sorprendido, Maruja se dio cuenta de que el hombre sobre el que estaba sentada doña Remedios, era nada más y nada menos que el párroco que tenía la sotana bien remangada. No pudo ver nadas más pues tiró los tomates sobre la mesa y salió corriendo antes de que la pudiesen retener.
          El párroco no era corriente verlo por el pueblo puesto que llevaba las iglesias de varios pueblos al mismo tiempo ya que eran todos de muy pequeña cuantía de habitantes. Todos decían que D. Roberto era un Santo, no tenía tiempo para nada y si mucho trabajo pues había de desplazarse en bicicleta de pueblo en pueblo y no solo dar la Santa misa, también debía dar consuelo a los enfermos, celebrar bodas, bautizos, comuniones y no olvidemos celebrar los funerales de los paisanos que fallecían y había días que tenía que celebrar dos o tres pues la población era de muy avanzada edad.
          Cuando Maruja salió de aquella casa como alma que lleva el diablo, corrió a su casa a contárselo a su madre. Esta asombrada, le dijo que no habría visto bien, como iba a ser aquella barbaridad, estarían calentándose al amor de la lumbre, pero Maruja, sabía bien lo que había visto. Salió de su casa y marchó corriendo a juntarse con sus amigas a la orilla del rio. Aunque era cierto que las lumbres bajas estaban encendidas, puesto que era la única manera de guisar sobre unas trébedes, calentarse en aquel tiempo no era posible pues frio no hacía ninguno.
          Al llegar junto a sus amigas, claro está que no fue capaz de guardar el secreto. Se lo contó con todo lujo de detalles y en muy poco espacio de tiempo todo el pueblo sabía de las andanzas de doña Remedios con don Roberto. Nadie la dijo nada, simplemente cuando hablaban con ella se miraban unas a otras y había sonrisas. Ella tampoco hizo ningún comentario.
          Un día hablando con las vecinas una de ellas le dijo, Doña Remedios parece que está usted más gordita, entonces ella echándose a llorar, les contó una milonga que naturalmente ninguna se creyó. Había ido a visitarla un tío suyo al que hacía mucho que no veía. En sus tiempos jóvenes, habían estado enamorados y sin saber cómo, habían tenido un momento de recuerdos y un desliz de cama, ella nunca había tenido relaciones por lo que nunca pensó que de una sola vez podría haber quedado embarazada.
          Cuando dio a luz, Don Roberto muy solicito se comprometió a ayudarla en todo lo que pudiese, claro está que en ningún momento se pronunció como padre de la criatura. Es por eso que, en el pueblo al niño, siempre se le conoció como el sobrino del cura.

                              PILAR MORENO   27 diciembre 2017


domingo, 24 de diciembre de 2017

...Y UNA VEZ FUI POLITICO



          Desde muy pequeño lo mío no eran los estudios. Suspendía los exámenes y no me gustaba nada ponerme delante de un libro. Sobre todo, las matemáticas eran un auténtico martirio para mí, cono entendía nada de nada.
          Llegados los 16 años y viendo que no rendía nada y que en el colegio no podía seguir dadas las malas calificaciones, decidí junto con mis padres, ponerme a trabajar. Aquello para mi sería una liberación, trabajar no me importaba pues lo mío no era vaguería, solo que mi cabeza no era pensante, prefería que me fuesen mandando, es decir tener a alguien por encima de mi que pensase y dirigiese mi trabajo.
          Comencé como chico de los recados, en una confitería. Era un buen trabajo, solo consistía en llevar paquetes de casa en casa y además del pequeño sueldo me daban propinas las cuales guardaba sin que mi madre lo supiese y así tenía para algún capricho sin tener que pedirle nada a ella.
          Ya con veinte años y por una recomendación me colocaron de conserje en un banco, ganaba un poco más y el trabajo era más cómodo. Consistía en estar sentado detrás de un mostrador indicando a los clientes que preguntaban a donde tenían que dirigirse. La verdad es que no me cansaba mucho.
          Estuve bastante tiempo en aquel banco y de allí me fui al congreso de los diputados. Yo tenía bastante experiencia en lo que era un duro trabajo en el banco por lo que allí me encontraba como en casa. Me pusieron al servicio de los diputados para cambiarles el vaso del agua cuando están en el estrado de oradores. Me gustaba ese trabajo, me podía mover a mis anchas por aquellos pasillos alfombrados y elegantes sin que nadie me dijese nada de nada. Solo tenía que estar atento al vaso de cada diputado, si estaba lleno o vacío o de cambiarlo cuando otro diputado subía al estrado no fuese que se tomasen las babas del anterior. Si se le pegaba alguna pillería del precedente podía ser un desastre, ya cada uno sabía bastante y hacían sus propias tropelías no necesitaban aprender de otros.
          Entonces fui aguzando mis entendederas y me metí en un pequeño partido político para aprender lo que era la política. Realmente lo aprendí bastante pronto, me gustaba aquello. Solo tenías que acudir a las sesiones del congreso y el sueldo no se ni las veces que se aumentó del que tenía como ujier. Aquello era maravilloso, vestía de traje elegante, además del sueldo me pagaban algunas dietas y hasta me pusieron un coche oficial con chofer. ¿Quién me lo iba a decir? Yo el burro del colegio y me estaba a poquitos poniendo muy por encima de todos mis compañeros.
          Aquel partido se convirtió en uno de los principales, cosas de la política. Por ello yo también me iba situando a la cabeza del partido. Realmente seguía sin saber hacer nada, pero ya por entonces las matemáticas comenzaron a darse mejor en mi cabeza y rápido aprendí que de un presupuesto de 100.000€ 30.000€ debían ir a parar a mi bolsillo. Era feliz nadie se enteraba y por el contrario mi cuenta corriente iba aumentando considerablemente.
          Me construí un buen chalé, me casé y a los hijos que tuve los pude dar una buena educación en el extranjero. Pasé así muchos años y cuando llegó la hora de mi jubilación, siendo todavía joven, me retiré con una pensión abultada de por vida. Había trabajado demasiado a lo largo de mi trayectoria y debía ahora descansar y disfrutar de lo ganado tan honradamente. Ya me había procurado también de montar unos buenos negocios amparados en mi puesto, los cuales al estar ya retirado también podrían seguir dándome buenos beneficios.
          Realmente fui un gran político, como todos. Siempre arrimé el ascua a mi sardina y nunca se me quemó. He servido de ejemplo para muchos otros y hay que reconocer que para un puesto tan elevado e importante no es necesario tener grandes carreras ni haberse dejado los sesos estudiando día y noche. El resultado puede ser el mismo. Solo hay que ser espabilado.

                    PILAR MORENO 30 noviembre 2017    

miércoles, 22 de noviembre de 2017

AGUA DE LLUVIA



          Todo era paz y tranquilidad en aquel pueblo, los paisanos vivían del ganado, sobre todo de las vacas, la leche de estas era vendida a buenos precios así como los terneros que parían. Era una carne blanca muy cotizada ya que eran criadas totalmente con hierba natural de los pastos de la alta montaña palentina. Muy cerca de los Picos de Europa aquellos terrenos siempre estaban verdes por lo que jamás les faltaba buena alimentación.
         Siempre estaban sueltas por los grandes prados en tan largas temporadas que iban desde marzo finales hasta prácticamente primeros de noviembre, nunca las recogían hasta que llegaba ese mes y después cuando las estabulaban, su alimento seguía siendo el mismo pues en otras tierras habían sembrado paja que a finales de verano segaban y guardaban en los pajares para que lo comiesen durante el tiempo de invierno.
Aun haciendo mucho frío había días que las soltaban al campo unas horas y curioso era ver que, con solo un silbido del vaquero, volvían ellas solas de los prados y se dirigían directamente cada una a su cuadra. Nunca se confundían, parecía mentira, aunque fuesen todas iguales y las cuadras parecidas nunca se metían en casa de otro vecino. Únicamente no se las soltaba cuando caían las nevadas impresionantes que en muchas ocasiones cubrían prácticamente las casas por completo. Eso eran nevadas más de tres metros.  Para poder salir debían acceder a los tejados y desde ellos comenzar a retirar la nieve. Allí se paralizaba todo, no había escuela, no se podía ir a los campos. En esas circunstancias, siempre tenían las despensas bien llenas y buena leña para las lumbres pues era imposible salir al exterior de las casas.
Era un terreno en el que la nieve hacía su aparición y duraba mucho tiempo por eso las lluvias no las echaban de menos. Al principio del otoño solía llover, pero con mesura, pero ese año caía con más intensidad que en otras ocasiones. Los paisanos no se quejaban pues el año anterior habían padecido una gran sequía e incluso la nieve había sido escasa, cosa muy rara por esos lugares. El agua de lluvia iba cayendo cada vez más fuerte, incluso se desató una tormenta tremenda de rayos y truenos. Granizaba con fuerza, aquello estaba convirtiéndose en un diluvio. De pronto, escucharon un ruido ensordecedor y cuando se asomaron a ver lo que estaba sucediendo, vieron con asombro como el techo del establo había caído sobre las vacas, matando a dos de ellas.
Eso era un auténtico desastre, una tremenda pérdida, pues para ellos era su sustento. Mientras miraban con asombro el suceso, de pronto un gran torrente de agua atravesó la cuadra, arrastrando a su paso tanto a las vacas que habían muerto como a las vivas, los cerdos y de paso también a ellos.
El arrollo que atravesaba el pueblo se había convertido en un gran río, parecía el Amazonas e iba tragándose todo lo que a su paso encontraba. Todos los vecinos padecieron parecidos desastres y flotaban sobre las aguas tanto los paisanos como los animales. Los hombres pudieron salvar la vida, pero fueron bastantes los animales muertos. No duró mucho ese temporal, apenas duró tres o cuatro  horas, pero las perdidas en el pueblo fueron de gran calado económico.
A todos les parecía increíble que el agua de lluvia hubiese podido hacer semejante fechoría.

                    PILAR MORENO 22 noviembre 2017


  

jueves, 16 de noviembre de 2017

¿QUIÉN MATÓ AL POETA?



         Los hechos acaecidos produjeron en mí una inmensa tristeza. Yo había conocido al poeta cuando era más joven. Un hombre afable, entrado en años, pelo cano y tez morena, enjuto y bien parecido. No era el típico poeta de pelo largo como solemos tener en la mente.
          Este hombre había padecido los rigores de un encierro en una de las cárceles en el transcurso de una contienda civil, pero no por ello dejó de escribir, al contrario, de ahí salieron a escondidas los más bellos poemas de su etapa de reclusión.
          Yo lo conocí, cuando ya estaba en libertad y fue una persona que nunca mantuvo el rencor por lo que le habían hecho pasar, pero en su forma de hablar se notaba el sufrimiento padecido en sus carnes y en los familiares que se encontraban al otro lado de las rejas.
          Los poemas escritos a su esposa y a sus hijas decían entre líneas todo el amor y la desesperanza que sentía de no poder estar a su lado. Un amigo íntimo de su juventud me contaba con gran respeto hacia él, que no había visto hombre más enamorado de su esposa desde que la conoció y que cuando salió de su reclusión y la vio tan estropeada y delgada, que se hecho en sus brazos llorando como un niño, diciendo que nunca se perdonaría los sufrimientos y las penurias que por su culpa había tenido que pasar.
          Antes de la contienda, vivían desahogadamente, en un hogar de clase media, aunque gastaban con mesura ya que dependían de un sueldo de maestro que era a lo que él se dedicaba. Su esposa también ejercía este oficio y con los salarios que obtenían criaron a sus dos hijas dándoles estudios y todo lo que podían. Eran una familia ejemplar, pero llegó la guerra y todo lo fastidió. Las hijas tuvieron que ponerse a servir al igual que su madre y daban gracias de que a ellas no las hubiesen encerrado por ser la familia del poeta.
          Iba transcurriendo el tiempo y claro está su oficio de maestro ya no pudo volver a ejercerlo. Con lo que escribía, aunque eran verdaderas maravillas, no le alcanzaba para nada. Le solicitaban algún artículo para periódicos de tirada diaria, pero, aunque eran muy buenos lo que le pagaban era una auténtica miseria. Debido a ello, las hijas tuvieron que seguir trabajando de criadas, aunque en buenas casas, pero no era lo que él había querido para ellas. Pasaba el tiempo y su situación no se resolvía a su favor, por el contrario, su mujer enfermó si se fue apagando como una vela hasta que sucedió el óbito. Cuanta pena en ese hombre. Su amor incondicional se había ido para siempre. ¿De que servía ya seguir esforzándose?
          Cada vez escribía más poemas, ahora todos eran de amor dedicados a la mujer que fue su vida. Seguía lamentándose de su pérdida y no sabía que hacer sin ella. Realmente fue un amor apasionado de los que duran toda la vida y aún después de ella.
          Él poco a poco, fue perdiendo el apetito y las ganas de vivir, sus agradables conversaciones, ya no tenían otro tema que no fuese la marcha de su esposa. Su deterioro fu haciéndose latente y todo el que le trataba pensaba que pronto dejaría este mundo para reunirse con su amada.
          Así fue, solo dos años les separaron. Al morir en su rostro se quedó marcada una sonrisa que todos creían que era de gozo al haberse reunido con ella.
          Para mí, quedó muy claro, que quien mató al poeta, fueron las circunstancias de una cruel guerra, la cual le arrebató su feliz vida y como consecuencia se llevó a quien más quería, su esposa.

                    PILAR MORENO 16 noviembre 2017

 

            

PRIMIGENIO, ESTEREOTIPO Y SUPERFLUO



Vagando por la ladera de aquel monte, me consideraba un tipo primigenio, nunca había subido tan alto y en esa ocasión por que lo había hecho? Todo el mundo hablaba muy bien de la sierra madrileña, yo nunca la había pisado y con la disculpa de pasar un día en la montaña me acerqué hasta el alto de Navacerrada. Iba yo solo en mi pequeño utilitario, no quería que nadie viese lo torpe que era manejándome por las cuestas y menos si tenía algún tropezón o me escurría que sería lo más probable, desde pequeño había sido torpe en mis andares y no es que tuviese algún defecto, simplemente no había salido de la ciudad.
Todavía era muy joven y las circunstancias de mi vida no me habían permitido ciertos lujos. Ahora que con mi esfuerzo y el salario que recibía en mi trabajo, comenzaba a darme pequeños caprichos. El primero de todos fue comprarme un pequeño vehículo de segunda mano, con el que poder transportarme por dentro y fuera de la ciudad ya que nunca había salido de sus límites, es decir los barrios a los que llegaba el transporte público es a lo más que yo había llegado. Ahora me proponía ir conociendo los alrededores de Madrid, poco a poco, cada día de fiesta salir a algún sitio de los que tanto hablaba la gente.
El Puerto de Navacerrada me pareció una maravilla, aquella ladera llena de pinos, ese aire tan puro, la vista de los esquiadores deslizándose por las pistas, los telesillas repletos de personas dispuestos a dejarse caer con sus esquíes desde lo más alto. Nunca lo hubiese imaginado así por mucho que me explicasen, tampoco por las postales que había visto, aquello me pareció un estereotipo. Eran únicas las vistas, me sentía atraído por el paisaje. Nunca me hubiese marchado de allí.
Paseé todo lo que pude, aunque hacía bastante frío, lo miraba y remiraba todo con auténtica expectación. Para comer me había preparado un buen bocadillo, pero con todo lo que había caminado seguía teniendo hambre. Volví despacio recreándome en lo que mis ojos divisaban, hasta el parking donde había dejado mi coche. Fue entonces cuando me encontré de frente con una cafetería llamada Arias y pensé que no sería un gasto superfluo, el entrar en aquel lugar tan típico. Pensaba tomar un café bien calentito para entrar en calor, pero cuando estaba dentro del establecimiento, un amable señor me dijo:
- ¿Qué va a ser? ¿Un chocolate con picatostes? 
No tuve más remedio que responder que sí, aquello era una tentación, todo recién hecho, calentito con el frio que llevaba sobre mis hombros, el olor que aquel lugar desprendía y el apetito que yo llevaba. Pensé esto me va a resucitar igual que si estuviese muerto. No voy a explicar lo que sentí una vez que lo había tomado. Eso sí lo hice bien despacio para condurarlo pues además de caliente aquello estaba delicioso.
No creo que tarde en volver, después del maravilloso día que había pasado a pesar de ir yo solo. Y es que muchas veces para admirar ciertas cosas bellas no se necesita a nadie, así se concentra uno mejor y lo disfruta a sus anchas.


                    PILAR MORENO  10 noviembre 2017

ALONSO Y SUS ESTUDIOS


El tiempo había pasado casi sin darse cuenta. Alonso dudaba en qué carrera comenzar sus estudios superiores. Era muy importante hacer lo que a él más le satisficiera y después de hacer una gran reflexión, llegó a la conclusión de que debía hacer alguna en la que de forma muy importante pudiese ayudar a los demás tal y como en sus peores momentos lo había hecho su amigo el armenio con él.
          Es por eso que decidió comenzar medicina, de esa forma podría curar a los pacientes el cuerpo y si las notas al terminar la carrera le permitían acceder a la especialidad que quisiera, escogería sin duda psiquiatría. Debía de ser muy interesante acceder al cerebro y los pensamientos de los demás con la única intención de poder ayudarles a recobrar la cordura y ponerles en el camino más adecuado en la vida.
          Llegado el momento comenzó la universidad y con ello las intensivas clases que él se tomaba tan al pie de la letra que su padre, Don Gonzalo, decidió regalarle una clepsidra, con el objeto de que no se le olvidasen las horas de comer y de cenar pues se encerraba en su habitación entre libros y se olvidaba de todo lo demás.
          Era difícil, él nunca había tocado ningún tema semejante, pero dentro de su cabeza había algo que le decía adelante, sigue, no te rindas. Había veces que, en su interior, pensaba en Covadonga, su madre, que murió al traerlo a él al mundo y pensaba, tengo que estudiar mucho para que situaciones como aquella no se repitan. Su especialidad no tendría nada que ver con aquello, pero un médico siempre sería un médico y vidas se pueden salvar de muchas formas.
          Cuando expresaba su deseo de especializarse en psiquiatría, todos le decían que era muy compleja esa especialidad y que los locos eran muy difíciles de tratar pues podían engañarle con facilidad. Nunca se podría saber si de verdad estaban locos o se lo hacían. Alonso respondía siempre que eso no era así y si lo era había que tener clemencia con ellos y tratar de entenderlos. A todos nos gustaría que nos entendiesen y nos tratasen como personas normales, aunque si nos ponemos a pensar con tranquilidad, a que es lo que llamamos una persona normal. Todo depende de lo que cada uno considere, aunque siempre hay unos cánones, por los que la mayoría nos regimos.
PILAR MORENO 1 noviembre 2017